domingo, 26 de abril de 2015

ARQUEOLOGÍA DE MI LECTURA (I)

¿Qué tenían en sus manos aquellas personas en las que por primera vez vi el acto de leer? Mi hermano mayor tenía algún número mensual de Selecciones del Reader's Digest, revista de la cual era suscriptor quizá para no sentirse tan alejado de eso prestigioso que para él representaban los clientes del hotel de lujo donde era empleado; finalmente, Selecciones era una especie de guía del buen vivir clasemediero al modo gringo, todo a partir de referencias a las peripecias y hazañas cotidianas de hombres y mujeres que casi siempre eran estadounidenses o europeos, además de artículos que sermoneaban sobre "el mejor modo de vivir en familia"... Mi hermano leía su Selecciones recostado en la cama, en el par de horas de receso que le daban al mediodía en su trabajo del hotel y que él aprovechaba para comer en casa. Yo llegaba del jardín de niños y lo primero que hacía era ir a saludarlo; nunca se molestó por el hecho de que yo interrumpiera su lectura. 


A veces también podía verse a mi madre concentrada en la lectura de alguna sección de Selecciones, sentada en una de esas sillas de madera y palma tejida; su lectura no era totalmente silenciosa: más bien era un constante murmullo que revelaba una cierta dificultad para descodificar el texto. Lo mismo sucedía cuando leía historietas como El libro sentimental y se adentraba en ese territorio de emociones desmedidas vertidas en tinta y papel económicos; ahí, los melodramas telenoveleros tenían su natural continuidad. Aquel murmullo de la lectura de mi madre adquiría un sentido diferente cuando lo emitía con su libro de rezos católicos abierto, hincada ante el cristo milagroso de templo principal del pueblo: podía yo claramente descubrir que eso era más una desesperada súplica ante una entidad invisible que una ardua y árida descodificación.



El primer grado de primaria colaboró en mi alfabetización con el "método ecléctico" de Mi libro mágico, donde abundaban las referencias a un extraña realidad donde, por ejemplo -y sólo por dar uno de los detalles que más desconcertaban-, los papás fumaban pipa; mi maestra preparó para las vacaciones navideñas de 1981, bancos de palabras y breves narraciones para cada una de las letras del abecedario: las pastas eran de cartulina azul y los textos eran copias de mimeógrafo. El propósito era que los alumnos regresáramos a la escuela en enero "leyendo perfectamente". Pero El libro mágico y las lecturas de la maestra Lilia no eran los únicos textos en los cuales yo practicaba mi nueva habilidad descodificadora.


La menor de mis hermanas (seis años mayor que yo) medía y estimulaba la velocidad de mi lectura con los pasajes de un libro de los años sesentas llamado Compendio de Historia Sagrada; el reto era llegar a las cien palabras por minuto. Mi madre decía no recordar cómo ese texto, a todas luces catequizador, había llegado a casa; lo único que podía asegurar era que ese libro se había fugado, en algún momento, de la escuela de monjas del pueblo. El libro contenía los pasajes más importantes del Antiguo y el Nuevo Testamento y una breve crónica de las adversidades que enfrentaron los primeros cristianos y los fundadores de la Iglesia. Los bellos grabados que ilustraban aquel Compendio de Historia Sagrada (y de cuyos autores sólo sé que eran alemanes) conformaron el imaginario que desde entonces sirvió de intermediario en todos mis acercamientos posteriores a los hechos bíblicos. 


Después de servir como estimulante de mi velocidad decodificadora, yo adopté aquel libro con propósitos menos utilitarios: nunca sabré cuántas veces lo leí completo entre los seis y los doce años. Lo que ante mí se presentaba cada vez que lo leía, era el desarrollo de un drama perfecto: la consolidación del portentoso y despótico dios hebreo y su pueblo, la bienaventuranza del paso del hijo de ese dios por el mundo y el trágico y triste final de la crucifixión y el ascenso a los cielos. La parte relativa a los primeros cristianos y el surgimiento de la Iglesia siempre me pareció patética, como una especie de muy mala e innecesaria segunda parte de una gran epopeya. Nunca entendía por qué Jesús resucitaba sólo para partir a los cielos y así abandonar a sus adeptos entre tantas cosas y situaciones nefastas.

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