jueves, 7 de julio de 2016

EL JARDINERO

Te invito a mi jardín. Te invito a remover la tierra, a platicar con todas las plantas y árboles que en él he sembrado. Invitación inoportuna, irrelevante en una mañana de verano tan dispuesta al fresco viento del este y a un sol risueño; mañana abierta a la mediocre paz de una reposada caminata y a una empalagosa sonrisa de arcoíris. Invitación repugnante: soy el viejo jardinero huraño, obeso y calvo.
¿Pero por qué no sacrificar, por primera vez en tu vida, una mañana tan hermosa como ésta? Hablemos de sacrificio, amiga mía. De un sacrificio inútil a la luz de esta mañana de verano, pero deslumbrante entre la oscuridad. Ven a mi jardín. Rompe la mañana y escupe tus frígidas certezas.
           
Mi jardín. El más grande de todos. Casi un bosque.
Olvidaremos que estamos en un suburbio; imaginaremos fácilmente que exploramos un bosque de senderos siempre húmedos, a la sombra de los robles. Bosque refugio de los últimos gnomos y de los espíritus errantes de los druidas y sus brujas.
Yo le di espesura y complejidad a este jardín. Lo salvé de la demasiada aridez y la demasiada luz. Dediqué todas las horas de vigilia en estos mis años de hombre sensato a multiplicar en él las sombras. Es necesario equilibrar la luz y la sombra. A la mucha luz darle sombra. Y a la mucha sombra...

Demasiada luz más allá del jardín... Algún día creí que la luz nunca debería cesar. Fui el guerrero de la luz en el preámbulo del amanecer. Empuje las tinieblas de la noche hacia el oeste y las tinieblas del invierno hacia el sur. Mi mediodía, mi primavera y mi verano, en la cresta de una descomunal ola de luz. Desde esas alturas imposibles vi el mundo a mis pies, y lo vi como la consecuencia de todos los paraísos, de todos los resplandores divinos: una ciudad pagana, deslumbrante de lujuria. Y sólo si yo miraba hacia arriba, a miles de kilómetros por encima de mi cabeza, había un punto negro, que si me concentraba, podía expandirse hasta ser una gran cúpula oscura, saturada de astros en incesantes y frenéticas órbitas. Entonces desplegaba mi luz y la cúpula oscura estallaba en ingrávidos ríos multicolores. Pero los astros se rebelaban contra mí poder luminoso y se posicionaban en nuevas y terroríficas constelaciones, en presagio de un nefasto y terrible destino agazapado en la luz.

Ahora entras en mi bosque. Ahora te rindes ante él. Quizá, si no dejamos de caminar, lleguemos a casa de mi madre, donde cada habitación es una caja musical. O quizá nunca llegaremos. ¿Crees imposible extraviarte en un jardín? En mi jardín todo es posible. Mi jardín se multiplica por mil si tú lo quieres. Mi jardín será nuestro bosque encantado si aceptas comer los frutos que en el brotan.
Rompe la mañana de verano. No defraudes al jardín ahora que él ya te reconoce. Roble, muérdago, pinos tiernos. Humedad. No demasiada luz, no demasiada sombra...

...Amanita muscaria, Atropa belladonna. Un poco de las dos y algo más en la infusión que ahora bebes. No me preguntes como llegó a este sendero el cuenco que tus manos sostienen y llevan hasta tu boca. ¿Qué yo lo puse aquí? ¿Qué lo preparé especialmente para ti? Todos los que han visitado mi jardín han dicho lo mismo y yo no me canso de negarlo. Es sólo que este jardín es extraño. Los gnomos están aquí desde hace mucho tiempo. Se que ahora mismo nos acechan escondidos detrás de los arbustos y detrás de los troncos. Ellos preparan las infusiones; ellos las ponen en cuencos y las abandonan en los senderos... Pero bebe, querida. Necesitas saturarte de luz antes de que esta mañana de julio decaiga.


Sé que ya te has disuelto, Jennifer. Ahora crees que me ves y que yo a ti no. Ya no existes. Eres el roble, eres el muérdago, eres el pino, eres la piedra, eres el hongo rojo, eres el gnomo, eres la bruja, eres el viento, eres la flor, eres el cielo, eres yo, eres el insecto, eres la vida, eres la muerte, eres la furia, eres la ternura, eres la nube, eres el rayo, eres el excremento, eres el perfume, eres el río subterráneo, eres la eternidad: eres todos nosotros y nosotros somos tú. La noche ya está aquí. Mi madre sale al jardín para envolverte en una frazada y acomodar tu inerme cuerpo contra el roble más viejo, viendo hacia el este. ¿Estás lista, Jennifer? Pronto serás la luz. Serás el sol del amanecer dentro de unas horas. Debo decirte algunas cosas antes de que cabalgues en el unicornio.

Todo movimiento se completa en seis momentos y el séptimo trae el retorno...
Estás saturada de luz, amiga. Ahora te levantarás contra la oscuridad. Serás la guerrera del sol. Pero lamento decirte que, inevitablemente, llegarás al noveno momento. La demasiada luz te enloquecerá. La demasiada luz te dirá que eres el ojo del mundo y que nadie te puede engañar. Y entonces iniciará tu precipitación. Entonces descenderás hasta las sombras primigenias y, desde ahí, como sombra, te expandirás para aniquilar la luz. Camino de infortunio. Deberás cultivar un jardín espeso, oscuro y húmedo que muera a manos del verano poco a poco. Deberás abrir y transitar el oscuro camino hacia el solsticio de invierno.
Te esperaré, Jennifer. Estaré contigo en el sexto momento. Estaré contigo cuando la oscuridad que sembraste derrote el último vestigio de luz.


Reencuentro en la entrada del jardín. Vienes a mí como doncella del bosque, con una corona de flores y envuelta en velos que apenas disimulan tu desnudez. Ya no soy el jardinero; ahora te espero como el flautista que fornicó con la madrugada: soy de nuevo el joven y hermoso príncipe intoxicado, soy El Loco del tarot, soy el bufón de la corte, soy el séptimo momento que trae el retorno, soy la nueva luz.
Has logrado encontrar el sendero hacia mí. Allá, en lo profundo del jardín, quedaron los senderos húmedos y oscuros. Mi madre abrirá las puertas de su casa en espera de los gnomos, los reyes y los jinetes cazadores de dragones: ella sabe que será sacrificada en un ritual que celebre el inicio de nuestra marcha hacia el norte. El ritual que celebrará nuestro retorno a la luz.
Y yo trovaré en los caminos las historias de mis batallas contra la luz y contra la oscuridad. Cantaré de nuevo, burlón, los versos que creía olvidados.

domingo, 26 de abril de 2015

ARQUEOLOGÍA DE MI LECTURA (I)

¿Qué tenían en sus manos aquellas personas en las que por primera vez vi el acto de leer? Mi hermano mayor tenía algún número mensual de Selecciones del Reader's Digest, revista de la cual era suscriptor quizá para no sentirse tan alejado de eso prestigioso que para él representaban los clientes del hotel de lujo donde era empleado; finalmente, Selecciones era una especie de guía del buen vivir clasemediero al modo gringo, todo a partir de referencias a las peripecias y hazañas cotidianas de hombres y mujeres que casi siempre eran estadounidenses o europeos, además de artículos que sermoneaban sobre "el mejor modo de vivir en familia"... Mi hermano leía su Selecciones recostado en la cama, en el par de horas de receso que le daban al mediodía en su trabajo del hotel y que él aprovechaba para comer en casa. Yo llegaba del jardín de niños y lo primero que hacía era ir a saludarlo; nunca se molestó por el hecho de que yo interrumpiera su lectura. 


A veces también podía verse a mi madre concentrada en la lectura de alguna sección de Selecciones, sentada en una de esas sillas de madera y palma tejida; su lectura no era totalmente silenciosa: más bien era un constante murmullo que revelaba una cierta dificultad para descodificar el texto. Lo mismo sucedía cuando leía historietas como El libro sentimental y se adentraba en ese territorio de emociones desmedidas vertidas en tinta y papel económicos; ahí, los melodramas telenoveleros tenían su natural continuidad. Aquel murmullo de la lectura de mi madre adquiría un sentido diferente cuando lo emitía con su libro de rezos católicos abierto, hincada ante el cristo milagroso de templo principal del pueblo: podía yo claramente descubrir que eso era más una desesperada súplica ante una entidad invisible que una ardua y árida descodificación.



El primer grado de primaria colaboró en mi alfabetización con el "método ecléctico" de Mi libro mágico, donde abundaban las referencias a un extraña realidad donde, por ejemplo -y sólo por dar uno de los detalles que más desconcertaban-, los papás fumaban pipa; mi maestra preparó para las vacaciones navideñas de 1981, bancos de palabras y breves narraciones para cada una de las letras del abecedario: las pastas eran de cartulina azul y los textos eran copias de mimeógrafo. El propósito era que los alumnos regresáramos a la escuela en enero "leyendo perfectamente". Pero El libro mágico y las lecturas de la maestra Lilia no eran los únicos textos en los cuales yo practicaba mi nueva habilidad descodificadora.


La menor de mis hermanas (seis años mayor que yo) medía y estimulaba la velocidad de mi lectura con los pasajes de un libro de los años sesentas llamado Compendio de Historia Sagrada; el reto era llegar a las cien palabras por minuto. Mi madre decía no recordar cómo ese texto, a todas luces catequizador, había llegado a casa; lo único que podía asegurar era que ese libro se había fugado, en algún momento, de la escuela de monjas del pueblo. El libro contenía los pasajes más importantes del Antiguo y el Nuevo Testamento y una breve crónica de las adversidades que enfrentaron los primeros cristianos y los fundadores de la Iglesia. Los bellos grabados que ilustraban aquel Compendio de Historia Sagrada (y de cuyos autores sólo sé que eran alemanes) conformaron el imaginario que desde entonces sirvió de intermediario en todos mis acercamientos posteriores a los hechos bíblicos. 


Después de servir como estimulante de mi velocidad decodificadora, yo adopté aquel libro con propósitos menos utilitarios: nunca sabré cuántas veces lo leí completo entre los seis y los doce años. Lo que ante mí se presentaba cada vez que lo leía, era el desarrollo de un drama perfecto: la consolidación del portentoso y despótico dios hebreo y su pueblo, la bienaventuranza del paso del hijo de ese dios por el mundo y el trágico y triste final de la crucifixión y el ascenso a los cielos. La parte relativa a los primeros cristianos y el surgimiento de la Iglesia siempre me pareció patética, como una especie de muy mala e innecesaria segunda parte de una gran epopeya. Nunca entendía por qué Jesús resucitaba sólo para partir a los cielos y así abandonar a sus adeptos entre tantas cosas y situaciones nefastas.