Te
invito a mi jardín. Te invito a remover la tierra, a platicar con todas las
plantas y árboles que en él he sembrado. Invitación
inoportuna, irrelevante en una mañana de verano tan dispuesta al fresco viento
del este y a un sol risueño; mañana abierta a la mediocre paz de una reposada
caminata y a una empalagosa sonrisa de arcoíris. Invitación repugnante: soy el
viejo jardinero huraño, obeso y calvo.
¿Pero
por qué no sacrificar, por primera vez en tu vida, una mañana tan hermosa como
ésta? Hablemos de sacrificio, amiga mía. De un sacrificio inútil a la luz de
esta mañana de verano, pero deslumbrante entre la oscuridad. Ven a mi jardín. Rompe
la mañana y escupe tus frígidas certezas.
Mi
jardín. El más grande de todos. Casi un bosque.
Olvidaremos
que estamos en un suburbio; imaginaremos fácilmente que exploramos un bosque de
senderos siempre húmedos, a la sombra de los robles. Bosque refugio de los
últimos gnomos y de los espíritus errantes de los druidas y sus brujas.
Yo le
di espesura y complejidad a este jardín. Lo salvé de la demasiada aridez y la
demasiada luz. Dediqué todas las horas de vigilia en estos mis años de hombre sensato a multiplicar en él las sombras. Es necesario equilibrar la luz y la
sombra. A la mucha luz darle sombra. Y a la mucha sombra...
Demasiada
luz más allá del jardín... Algún
día creí que la luz nunca debería cesar. Fui el guerrero de la luz en el
preámbulo del amanecer. Empuje las tinieblas de la noche hacia el oeste y las
tinieblas del invierno hacia el sur. Mi mediodía, mi primavera y mi verano, en
la cresta de una descomunal ola de luz. Desde esas alturas imposibles vi el
mundo a mis pies, y lo vi como la consecuencia de todos los paraísos, de todos
los resplandores divinos: una ciudad pagana, deslumbrante de lujuria. Y sólo si
yo miraba hacia arriba, a miles de kilómetros por encima de mi cabeza, había un
punto negro, que si me concentraba, podía expandirse hasta ser una gran cúpula
oscura, saturada de astros en incesantes y frenéticas órbitas. Entonces
desplegaba mi luz y la cúpula oscura estallaba en ingrávidos ríos multicolores.
Pero los astros se rebelaban contra mí poder luminoso y se posicionaban en
nuevas y terroríficas constelaciones, en presagio de un nefasto y terrible
destino agazapado en la luz.
Ahora
entras en mi bosque. Ahora te rindes ante él. Quizá, si no dejamos de caminar,
lleguemos a casa de mi madre, donde cada habitación es una caja musical. O
quizá nunca llegaremos. ¿Crees imposible extraviarte en un jardín? En mi jardín
todo es posible. Mi jardín se multiplica por mil si tú lo quieres. Mi jardín
será nuestro bosque encantado si aceptas comer los frutos que en el brotan.
Rompe
la mañana de verano. No defraudes al jardín ahora que él ya te reconoce. Roble,
muérdago, pinos tiernos. Humedad. No demasiada luz, no demasiada sombra...
...Amanita
muscaria, Atropa belladonna. Un poco de las dos y algo más en la
infusión que ahora bebes. No me preguntes como llegó a este sendero el cuenco
que tus manos sostienen y llevan hasta tu boca. ¿Qué yo lo puse aquí? ¿Qué lo
preparé especialmente para ti? Todos los que han visitado mi jardín han dicho
lo mismo y yo no me canso de negarlo. Es sólo que este jardín es extraño. Los
gnomos están aquí desde hace mucho tiempo. Se que ahora mismo nos acechan
escondidos detrás de los arbustos y detrás de los troncos. Ellos preparan las infusiones;
ellos las ponen en cuencos y las abandonan en los senderos... Pero bebe,
querida. Necesitas saturarte de luz antes de que esta mañana de julio decaiga.
Sé que
ya te has disuelto, Jennifer. Ahora crees que me ves y que yo a ti no. Ya no
existes. Eres el roble, eres el muérdago, eres el pino, eres la piedra, eres el
hongo rojo, eres el gnomo, eres la bruja, eres el viento, eres la flor, eres el
cielo, eres yo, eres el insecto, eres la vida, eres la muerte, eres la furia,
eres la ternura, eres la nube, eres el rayo, eres el excremento, eres el
perfume, eres el río subterráneo, eres la eternidad: eres todos nosotros y
nosotros somos tú. La noche ya está aquí. Mi madre sale al jardín para
envolverte en una frazada y acomodar tu inerme cuerpo contra el roble más
viejo, viendo hacia el este. ¿Estás lista, Jennifer? Pronto serás la luz. Serás
el sol del amanecer dentro de unas horas. Debo decirte algunas cosas antes de
que cabalgues en el unicornio.
Todo
movimiento se completa en seis momentos y el séptimo trae el retorno...
Estás
saturada de luz, amiga. Ahora te levantarás contra la oscuridad. Serás la
guerrera del sol. Pero lamento decirte que, inevitablemente, llegarás al noveno
momento. La demasiada luz te enloquecerá. La demasiada luz te dirá que eres el
ojo del mundo y que nadie te puede engañar. Y entonces iniciará tu
precipitación. Entonces descenderás hasta las sombras primigenias y, desde ahí,
como sombra, te expandirás para aniquilar la luz. Camino de infortunio. Deberás
cultivar un jardín espeso, oscuro y húmedo que muera a manos del verano poco a
poco. Deberás abrir y transitar el oscuro camino hacia el solsticio de
invierno.
Te
esperaré, Jennifer. Estaré contigo en el sexto momento. Estaré contigo cuando
la oscuridad que sembraste derrote el último vestigio de luz.
Reencuentro
en la entrada del jardín. Vienes
a mí como doncella del bosque, con una corona de flores y envuelta en velos que
apenas disimulan tu desnudez. Ya no soy el jardinero; ahora te espero como el
flautista que fornicó con la madrugada: soy de nuevo el joven y hermoso
príncipe intoxicado, soy El Loco del tarot, soy el bufón de la corte, soy el
séptimo momento que trae el retorno, soy la nueva luz.
Has
logrado encontrar el sendero hacia mí. Allá, en lo profundo del jardín,
quedaron los senderos húmedos y oscuros. Mi madre abrirá las puertas de su casa
en espera de los gnomos, los reyes y los jinetes cazadores de dragones: ella
sabe que será sacrificada en un ritual que celebre el inicio de nuestra marcha
hacia el norte. El ritual que celebrará nuestro retorno a la luz.
Y yo trovaré en los caminos las historias de mis batallas
contra la luz y contra la oscuridad. Cantaré de nuevo, burlón, los versos que
creía olvidados.

